Putos abogados

Poco antes de colgar, le avisé: “Voy a escribir sobre tu caso”. Adolfo soltó su risa queda de siempre y me dijo: “Claro: puedes escribirle a Uber, a Glovo y con suerte a Telepizza”.

Estoy seguro de que, hace poco, Adolfo se convirtió en el abogado más joven desde el inicio de la democracia en conseguir tirar atrás una serie de proyectos e infraestructuras valorados en millones y millones de euros.

Y nadie lo sabe.

Adolfo es el abogado joven más brillante de su generación. Cuando lo conocí sentí una inmediata afinidad: un tipo callado y calmado que bullía de rabia por dentro y que lo poco que decía lo hacía con una risa sardónica. Hemos llevado algunos asuntos conjuntamente: él es el que mejor se defiende en juicios mientras que yo manejo la parte más literaria. Me gusta la ira con la que enfoca el mundo.

Adolfo trabaja, como falso autónomo, para uno de los abogados más famosos de la comunidad. Lleva muchos años ahí, desde que terminó su último máster; por desgracia, como pasa a menudo, lo temporal poco a poco va poniendo una losa sobre nosotros y nos inmoviliza. Junto conmigo, fue de los primeros en encontrar trabajo: yogurines recién salidos de la escuela de práctica jurídica.

Tiene el mismo despacho desde el día que empezó: no es pequeño, pero se nota que esa estancia no fue pensada para ese fin. Una estantería cubre toda una pared, rebosante de azetas con expedientes antiguos. Adolfo se apaña con un pequeño monitor y un viejo ordenador de sobremesa.

Estuvo en ese bufete un tiempo como pasante hasta que le ascendieron a abogado. El ascenso fue permitirle emitir facturas; porque Adolfo, como muchísimos otros abogados de bufetes pequeños, es un falso autónomo. Pero qué coño, estaba contento: para la edad que tenía no era mal salario, sobre todo en nuestra ciudad, y se le abría un mundo enorme de posibilidades. Su rabia era cándida y optimista.

Perdí el contacto con él durante unos años: a mí me fichó una empresa de otra ciudad. Muy de vez en cuando hablábamos, y mantuvimos la tradición, junto a algunos compañeros de la promoción, de acudir anualmente a las cenas anuales de la abogacía que celebraba nuestro colegio. Cada año, veía que Adolfo iba cultivando un cabreo secreto que le espoleaba como unas ascuas. Cada año veía mi propio cabreo reflejado en él.

Un día, cuando yo volví a nuestra ciudad, después de reunirnos con un cliente, nos compramos unas cervezas y unas pizzas y nos las comimos al lado de un parque infantil. Y nos cagamos en todo.

Jóvenes y quemados de nuestra profesión. Quemados como veteranos de guerra que descubren que las medallas no sirven de una mierda. A nuestra edad nuestros padres eran adultos: nosotros, con la treintena a nuestro lado, éramos hombreniños que no podían permitirse siquiera su nivel de vida, y mientras planeábamos quemarlo todo dábamos mordiscos a las pizzas. Dos treintañeros trajeados y solitarios planeando una revolución violenta en la noche de un martes laborable.

-Hay que joderse, meu: nos vamos a hacer comunistas a estas alturas.

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Acabo de llamarle: llevamos conjuntamente un caso en el que pergeñamos una estratagema que nos salió muy bien para citar a una esquiva demandada; su abogada me había llamado hacía escasos minutos pidiendo llegar a un acuerdo económico y yo sé cuándo huele a sangre. Estaba contento: un buen cierre de jornada.

Así que, con el Dark Souls en el monitor del ordenador del despacho, llamé primero al cliente y luego a él para darle la buena noticia y calcular cuánto estaríamos dispuestos a aceptar por el trato.

Siempre que lo llamo, nos tiramos una hora al teléfono. Hoy no fue distinto: pero, al cabo de cuarenta minutos, en uno de esos silencios cómodos, me dijo:

-¿Te acuerdas del caso Floresa?

Floresa había sido la hostia de realidad de Adolfo, donde había empezado su ebullición. El mismo día que entró a trabajar como autónomo, coincidencia, aparecióun tema potente en el bufete. De los más potentes que habían entrado en muchos años. Se trataba de una superficie en la que se había edificado un montón de tejido industrial. Los euros se contaban a millones, si no decenas. La minuta sería acorde.

El jefe de Adolfo, Juan, es un abogado famoso, pero los años de ilusión han pasado y sólo lleva lo que le interesa. El resto de cosas se las pasa a sus subordinados, aunque, eso sí, firma siempre los escritos. Su labor es principalmente comercial: escribe algún libro, hace alguna promoción, come con políticos y famosetes.

Juan leyó por encima los cientos y cientos de páginas de documentos, y decidió que no era un caso bonito. Así que al novato le encasquetó un expediente administrativo con el que le costaría lidiar a cualquier abogado experimentado.

-Toma, Adolfo. Haz el escrito y avísame.

Así que Adolfo se puso a trabajar. Nunca había llevado nada similar. Literalmente nunca había llevado nada: su primer caso. Es como perder la virginidad con una actriz porno extremadamente exigente.

Sucedía una cosa: necesitaba como agua de mayo el informe pericial. En estos casos son imprescindibles informes técnicos, así que completamente a ciegas y sin saber nada del tema, se puso a prepararlo todo. Pero pasaban los días y el informe no llegaba. Y llegó el día de gracia.

El día de gracia es un plazo extra que nos dan a los abogados, y dura hasta las tres de la tarde del día siguiente al de la finalización del plazo ordinario, para presentar un escrito. A Adolfo le llegó el informe a las once de la mañana.

El tío, en tres horas y media, encajó el informe pericial con lo que él había hecho completamente a ciegas. Lo presentó in extremis, suspiró, y esa misma tarde me lo contaba con su risa sardónica en una terraza: estaba claro que iban a perder. Pero le quedó clara una cosa, después de que no hubiese ni una palabra de disculpa ni de agradecimiento: él era el último mono.

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Pasaron los años y Adolfo cada vez fue asumiendo más responsabilidades. La gente, quemada, se iba. Todos a opositar. Él quería irse también, claro, pero… ¿qué hoja de logros puedes presentar cuando todo lo que redactas está firmado por otra persona? Y los años se fueron posando uno encima de otro, y Adolfo buscó y no encontró, pero sí encontró a una chica de la que se enamoró y como ella preparaba oposiciones, él siguió trabajando para que entrase dinero. Al mismo tiempo, se puso a preparar un máster complicado en el poco tiempo que tenía. Ya mejorarían las cosas cuando ella sacase la plaza.

Adolfo soñaba con despedirse a lo grande. Sabía que si lo hacía se sentiría maravillosamente, que los papeles desperdigados y los gritos por fin darían rienda suelta al calor alimentado en ese despacho que no era despacho. Y sabía que si lo hacía jamás volvería a trabajar en ningún bufete de la comunidad. Al menos, en ninguno con asuntos medianamente importantes. La última vez que había hablado con él sobre su situación, me dijo que le habían rechazado un aumento poco después de que Juan se había comprado un BMW X6. Tiempos difíciles, le comentó.

Así que hoy, cuando me dijo

-¿Te acuerdas del caso Floresa?

Pensaba que recordaría de nuevo con su risa amarga lo mal que lo pasó. Pero no rió. Añadió:

-Lo he ganado. Lo van a tirar.

Y yo recordé la noticia que había visto hace algunos días (o semanas; el confinamiento afecta al tiempo): todo el complejo de Fadesa se iba a ir a tomar por culo. Un bombazo, para los que tenían intereses en este asunto. Un Cinderella Man, nadie se lo esperaba.

Me deshice en elogios de genuino asombro. Yo jamás había conseguido nada similar. No sólo ganarlo, no sólo ganarlo a solas, no sólo ganarlo a solas siendo primerizo: ganarlo a solas, siendo el primer caso, y urdiendo el escrito final en tres horas y media. Una proeza.

Pero él no me dio las gracias. Dijo:

-Ojalá lo hubiese perdido.

Resulta que Juan publicó la sentencia en LinkedIn. En primera persona. Del singular. “A día de hoy, una buena noticia para los afectados: la justicia les da la razón. Sin duda, uno de mis mayores logros profesionales y del que estoy más orgulloso”.

Juan sabía tan poco de "su" mayor logro profesional que había puesto una sentencia equivocada de un asunto que ni siquiera le tocaba de cerca.

Adolfo se despidió de mí: iba a preparar la cena.

-Lo peor de este puto trabajo, meu, es lo bonito que es. Y es un problema. Porque si no fuese por eso, no estaría como estoy.

Nos despedimos y colgamos. Y supongo que después, el más brillante abogado de su generación se iría a preparar la cena para su chica (tiene las opos en pocos meses y está muy estresada) y a tumbarse con un suspiro en el sofá, a ver cualquier programa en una tele que sigue pagando a plazos.

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Nota final: Este artículo, aunque con concesiones de estilo, es estrictamente real, cambiando nombres y datos que permitan identificar a lo protagonistas y el idioma de la conversación. Escribo en la misma posición en la que, hace media hora, terminé mi llamada con él.

Dedicado, con cariño y con rabia justa, a todos los Adolfos, cuyos logros pertenecen a otros.