Monarquía y transición. Mis recuerdos

Podemos decir que la transición comenzó el 20 de noviembre de 1975, día en el que el dictador Franco falleció tras un prolongado ensañamiento médico y quirúrgico, en un intento de controlar el traspaso de poderes por parte del aparato franquista. Ese día forma parte de mis recuerdos, con la ya imborrable imagen de Carlos Arias Navarro informando, entre sollozos, del fallecimiento de su amado líder (1).

Ese mismo año se acababan de realizar las últimas ejecuciones del franquismo: tres militantes del FRAP y dos militantes de ETA político-militar, fueron fusilados. Ese aparente acto de fortaleza contribuyó en la práctica al desprestigio de la dictadura, pero fue el preludio de que los años venideros no iban a ser fáciles.  Esos años fueron mucho más violentos de lo que algunos quieren recordar, parecía que la naciente libertad estaba permanentemente en riesgo. Yo lo viví intensamente, en un frenesí de asambleas y huelgas estudiantiles, reuniones de vanguardia y comienzos de actividad política. Daba la sensación que, aun desde una posición irrelevante, estábamos haciendo historia, empujando a España hacia la democracia. Hubo muchas personas empeñadas en ello, pero todos tenían un denominador común: eran republicanos y se consideraban herederos de la Segunda República, el régimen democrático derribado por los fascistas para instaurar una dictadura, y su bandera era la tricolor. Y recordemos que en esos momentos la bandera rojigualda, el himno y la monarquía eran franquistas (2). También convendría señalar que, en esa oposición antifranquista, el PSOE era irrelevante, siendo el PCE el que cargaba con casi todo el peso (3).

El 15 de diciembre de 1976 se aprobó en referendo la ley de reforma política, la última de las leyes fundamentales franquistas. El camino quedaba abierto para convocar unas elecciones generales con partidos legalizados, que dieran lugar a unas cortes constituyentes. En realidad, no había aún democracia y muchos partidos eran ilegales, aunque una cosa era evidente: ningún proceso constituyente sería legítimo sin el concurso del PCE, y el 9 de abril de 1977 fue legalizado. Pero no fue gratis, el primer peaje a pagar fue aceptar la monarquía instaurada (no restaurada) por Franco, la bandera y el himno. Algunos piensan aún que estos asuntos se discutieron al redactar la Constitución, pero lo cierto es que fueron una condición sine qua non para iniciar el proceso reformista. Todos los luchadores antifranquistas vieron relegados sus símbolos antifranquistas sin posibilidad de protestar (4).

El 25 de abril de 1977, me dirigía en un autobús urbano de Valladolid y en un ambiente festivo, al primer mitin de Santiago Carrillo en España tras la legalización del PCE. Una alegría ensombrecida por la aceptación de la monarquía y demás símbolos franquistas, que habían caído como una bomba días antes. Aun así, el ambiente era impresionante. Oír cantar la internacional con el puño en alto a todo el público que abarrotaba el polideportivo fue emocionante. Pero cuando Carrillo defendió el uso la bandera rojigualda y retiraron una bandera tricolor, hubo un sonoro abucheo. Aún me sorprende que Carrillo pudiera controlar a los militantes del interior, los que estaban en primera línea en la lucha, no los que vinieron del exilio como él.

El 15 de junio de 1977 se celebraron elecciones generales. Mi mayor recuerdo es estar pegando carteles aún con el miedo en el cuerpo por los elementos de ultraderecha que campaban a sus anchas. El PCE obtuvo 20 diputados. El trozo mayor del pastel de la izquierda se lo llevó el PSOE y el ganador fue la UCD de Adolfo Suárez, aupado por la propaganda institucional, el temor de los votantes a lo desconocido, y una ley electoral a la medida de la derecha que infravaloraba el voto urbano más progresista y obrero.

Con estos mimbres se tenía que redactar una constitución. Se ha hablado mucho de ello, pero en realidad no había tanto que discutir. Todos estaban de acuerdo en que la única opción era una democracia homologable a las occidentales que permitiera a España entrar en las grandes organizaciones supranacionales donde estaba el negocio: la Comunidad Económica Europea y la OTAN. Permanecer como la única dictadura de la Europa occidental habría sido ruinoso para el país y un grave error para los que lo apoyaran, que tarde o temprano serían defenestrados del poder. Hasta el ejército, formado íntegramente en el franquismo y columna vertebral de la dictadura, sabía que no había otra opción para modernizar un ejército que contaba en ese momento con un armamento anticuado. Ansiaban codearse con los generales norteamericanos, ingleses y franceses que dominaban el mundo.  

Como ya he dicho, la monarquía y los símbolos franquistas (bandera e himno) no estuvieron nunca encima de la mesa (5) y no entraron siquiera en discusión. En una clara reminiscencia de la dictadura, la constitución declaró que el rey es el jefe supremo de las fuerzas armadas y encomendó directamente a la Fuerzas Armadas la defensa de la integridad territorial del Estado y del ordenamiento constitucional; ningún cargo político es mencionado para estas tareas fundamentales del estado. El estado se declaró aconfesional pero, en una memorable pirueta lingüistica, se introdujo en la misma frase del texto constitucional que debía colaborar con la iglesia católica (es decir, que en realidad el estado no era aconfesional), lo cual justificaría la inmediata aprobación de los acuerdos con el Estado Vaticano negociados subrepticiamente por las autoridades predemocráticas. Así, la iglesia católica conservaba en la práctica la casi totalidad de los privilegios obtenidos gracias a su colaboración con el franquismo. Tampoco se planteó en ningún momento cambiar la ley electoral que tan buenos resultados le había dado a Suárez. Y tampoco hubo posibilidad de reconocer a España como una unión de pueblos y naciones diversos.  El encargo de la unidad de la patria fue la última voluntad del dictador expresada a su sucesor Juan Carlos y constituía una idea central del franquismo con la que el ejército no habría transigido.  Para encauzar las peticiones de los partidos nacionalistas de los territorios históricos, se pergeñó el concepto de autonomías, actualmente fuertemente cuestionado, tratando de ahuyentar cualquier intento de federalismo (6). 

Así las cosas, ¿qué había conseguido la izquierda en la negociación del texto? Básicamente nada. Todos los avances democráticos ya estaban admitidos antes de empezar siquiera a negociar. Y todo lo negociable se inclinó del bando de la derecha. Difícilmente podía reconocerse en ella ningún luchador antifranquista. Aun así, fue presentada como un modelo de consenso tras una supuestamente dura negociación en la que ambos bandos cedieron.

Desilusionado, yo abandoné pronto la militancia política, aunque nunca mis ideas. Las libertades básicas se recuperaron, pero seguía habiendo miedo en el ambiente. El dictador seguía en su mausoleo (a donde lo envió Juan Carlos porque no quería que lo enterraran en el Escorial, reservado a los reyes) y tuvimos que esperar 40 años para verlo salir de ahí con una parafernalia que no se compadece con lo que debería haber sido la inhumación de un dictador genocida, los luchadores republicanos siguieron mayoritariamente en las cunetas siendo despreciados públicamente por los políticos de PP y Vox, y no se supo de ningún franquista que fuera juzgado por sus crímenes, ni policías torturadores, ni jueces del Tribunal de Orden Público, cuyas sentencias siguen vigentes y nunca han sido anuladas (7). Todo ello gracias a una preconstitucional Ley de amnistía que impide juzgar a nadie por delitos imprescriptibles como el genocidio.

Hasta un día en que el Decano ordenó interrumpir las clases y desalojar la Facultad. Con el recuerdo de tantos avisos de bomba anteriores, tampoco nos sorprendió demasiado. Nos dirigimos a un bar cercano y allí contemplamos atónitos en el televisor las imágenes del Congreso de Diputados asaltado por los guardias civiles de Tejero. Reconozco que me temblaron las piernas, sabía que una involución franquista nos podía hacer la vida muy difícil a muchos españoles que no vivimos la dictadura como un periodo de extraordinaria placidez, entre los que me incluyo. Durante siete interminables horas, no supimos muy bien cuál iba a ser el resultado. No fue hasta la una de la mañana del 24 de febrero que el rey salió en TVE a confirmar que el golpe había fracasado. Su papel durante esas siete horas y antes del golpe están aún en discusión, entre otras cosas porque la maquinaria mediática para acallar todo intento de poner en duda cualquiera de sus actos ya estaba funcionando a pleno rendimiento, y lo hizo durante muchos años. Hasta que dejó de hacerlo. Los negocios turbios y los líos amorosos fueron aflorando poco a poco y ya son de todos conocidos y terminaron forzando su abdicación en un intento de salvar la monarquía.

Pero no se conoce ningún juancarlista que reconociera que se había equivocado y que no volvería a ocurrir. Los panegíricos pasaron sin solución de continuidad a ensalzar la figura del nuevo rey Felipe que tenía como único mérito para ello ser el resultado de la cohabitación marital de sus padres, como está establecido tradicionalmente para la sucesión en esta medieval institución. Corifeos palaciegos y periodistas áulicos se pusieron con fervor a ensalzar de nuevo los valores de la monarquía, ahora encarnados en el nuevo rey que parecía haber pasado por los episodios de corrupción familiar sin detrimento de su honor y honradez, a la manera que el rayo del Sol sale por un cristal sin romperlo ni mancharlo, en las inolvidables palabras del Padre Astete.

Pero la caja de Pandora ya estaba abierta y de ella no paran de salir males y desgracias para la familia real. Hace unos días, nuevos asuntos turbios de los negocios de Juan Carlos  se descubrían en la prensa extranjera, salpicando al actual monarca. Y hasta hace unos días, yo pensaba que la monarquía instaurada por Franco permanecería por muchos años. Pero ahora, perdida de forma efectiva la supuesta ejemplaridad de la familia real, las encuestas señalan fehacientemente que la monarquía tampoco es ya garante de la unidad de España, sino más bien un problema añadido al problema territorial. Es quizás momento de pensar en otro texto constitucional en el que se arreglen muchas deficiencias del actual, empezando por la jefatura del Estado.

Salud

 

(1) Sin embargo, conviene a este relato remontarse a otros episodios de nuestra reciente historia. El primero es la aprobación en 1947 de la ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, en la que ya se determinaba que la forma de gobierno de España era la monarquía, aunque la jefatura del Estado le correspondía a Franco, quien además se reservaba la potestad de nombrar a quien sería el rey que le sucedería como Jefe de Estado . Era evidentemente una decisión personal de Franco, que ejercía el poder absoluto, pero quedaría más claro aún con la decisión tomada.

En 1948, Franco impone a Juan Borbón, hijo del anterior Rey Alfonso XIII, que fuera su hijo Juan (A partir de ahora llamado Juan Carlos, una maniobra para no usurpar el título de Juan III que reivindicaba su padre) quien le sucedería. Ese mismo año, Juan Carlos Borbón era trasladado a España, para asegurar que su formación fuera acorde con la ideología de la dictadura franquista. Finalmente, el nombramiento fue ratificado por las Cortes Españolas el 22 de julio de 1969, ante las cuales Juan Carlos prestó juramento de guardar y hacer guardar las Leyes Fundamentales del Reino y los principios del Movimiento Nacional. En su discurso de aceptación dijo, entre otras lindezas: recibo de Su Excelencia el Jefe del Estado y Generalísimo Franco, la legitimidad política surgida el 18 de julio de 1936, en medio de tantos sacrificios, de tantos sufrimientos, tristes, pero necesarios, para que nuestra patria encauzase de nuevo su destino.

(2) Recuerdo el día de la inhumación del dictador. Viendo las imágenes e el televisor, en un momento determinado mostraron a los grupúsculos de franquistas que esperaban el paso del ataúd. Agitaban banderas rojigualdas y el sonido ambiente dejó oír el himno. El comentarista, medio sorprendido, dijo: están poniendo la música del himno constitucional. Y yo pensé: no es el constitucional, es el franquista, pero se parecen muchísimo. Tanto que son indistinguibles. Es así como se olvida la historia.

(3) Eran más relevantes algunos grupos maoístas (PTE, ORT) o trotskistas (LCR), que han pasado al olvido, que el propio PSOE.

(4) En ningún momento de la transición se planteó ninguna concesión en cuanto a poner en duda la monarquía y los símbolos del estado franquista. Según se puede leer en la Wikipedia, ya en diciembre de 1975, el rey Juan Carlos pidió a Carrillo que cesaran los ataques a la monarquía. El mensaje era claro, o se avanzaba con monarquía, o no se avanzaba. Y era el propio rey quien ponía la condición de que su cargo era inamovible.

(5) Después nos hemos enterado de que Suárez tenía encuestas que mostraban que la monarquía perdía si se sometía a referendo.

(6) El desarrollo posterior de esta división territorial en comunidades autónomas era crucial para su éxito, pero la desastrosa gestión política posterior (particularmente por la derecha de origen franquista), ha terminado por reavivar el independentismo periférico por un lado y a demonizar las autonomías por parte de la renacida extrema derecha que ha abandonado el nido original del PP.

(7) 10 de los 16 jueces (un 62'5%) que tuvieron una plaza titular en el Tribunal de Orden Público han sido nombrados posteriormente magistrados de la Audiencia Nacional o del Tribunal Supremo.