Espiritismo legal

...Y se le aparecieron sus fantasmas

reclamando su derecho a ser carroña.

C. R. Maturin

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Eso de que las leyes tengan espíritu me suena peligroso, porque donde hay espíritu hay religión, y dogmas indiscutibles, y sumos sacerdotes acercando el ascua a su sardina o exigiendo diezmos y sacrificios para el templo. Es peligroso, y ambiguo, y se presta a todas las manipulaciones del medium de turno, pero es lo que hay y no estoy aquí para discutirlo, sino para contar una historia.

El espíritu de las leyes, como todos, es algo difuso lo que se apela cuando los articulados, los argumentos y la jurisprudencia no dan para más. Cuando la vaca no quiere dar más leche, el granjero hipotecado termina ordeñando hasta a los patos y lo mismo sucede con el servidor de la ley que se encuentra ante la falta de medios, o de respuestas para los problemas con que se enfrenta en la calle a diario. Se supone que el policía es policía y no juez, ni abogado, pero como estamos en una época en que hasta los butroneros se saben de memoria la Ley de Enjuiciamiento Criminal, pues el policía, si quiere cumplir mínimamente con su trabajo, no puede andar a la zaga.

El comisario Martínez, ya que me pregunta por él, era uno de los que estaban siempre al tanto. Era un tío trabajador y competente, aunque tuviera sus rarezas, como todo el mundo, y algunas sólo suyas, también es verdad.

Pero en eso otro se equivoca. Le aseguro que Martínez no era uno de esos comisarios hijoputas que maltratan a la gente, ni sacaba confesiones a hostias a los sospechosos, ni utilizaba siquiera porciones de alijos de droga aprehendidos a pequeños narcotraficantes para pagar a sus soplones con una raya de coca o un par de chutes de caballo, como hacían otros. Martínez trataba de mantenerse dentro de sus atribuciones, repartía sus pocos agentes como mejor podía entre los muchos asuntos pendientes y se conformaba con que en la calle hubiese una mínima sensación de seguridad entre la gente honrada y un mínimo temor a la autoridad entre los delincuentes. Eso era lo que significaba para él el espíritu de las leyes.

¿Para que nos pagan?, ¿para que no haya delitos? No. Para que tengan que esconderse al cometerlos y después de cometerlos. Eso decía.

Sin embargo, o por eso mismo, le irritaba especialmente la impunidad sistemática de algunos pequeños rateros, detenidos treinta veces, y otras tantas, o más, como maldecía en ocasiones, puestos en libertad en menos de veinticuatro horas. 

Y de todos los delincuentes habituales, al que más atravesado tenía era a un tal Salva.

Salva no se llamaba Salvador, como podría suponerse fácilmente, sino Gundisalvo. Y Llamarse Gundisalvo en ciertos ambientes, o en todos, te endurece o te destruye. Era un tipo de poco menos de metro y medio, otra circunstancia que en ciertos ambientes te endurece o te jubila, lo mismo que la tartamudez que atenazaba sus palabras cuando se ponía nervioso.

En su ficha policial decía también que podía ser reconocido por sus andares de rucio nervioso, de esos que en los pueblos se llaman de trote saltón o cochinero. Cualquier cursi diría sincopado, pero yo soy de campo y digo cochinero. Gorrinista si me fuerzan mucho.

O sea, una joya de tipo.

Sus actividades, que nosotros supiésemos, se dividían en tres grupos: proxenetismo, tráfico de drogas y robos de bolsos y carteras. El oficio de carterista lo había ido dejando poco a poco, pero había empezado por ahí en su juventud y era el oficio por el que se presentaba ante sus compinches, y a veces ante la propia policía, quizás por parecerle más limpio, más honrado o con mejor sonoridad que chulo de putas o camello.

La cosa es que Gundisalvo, a pesar de su estatura, corría que se las pelaba y de una manera o de otra le perdimos el rastro la media docena de veces que estuvimos a punto de pillarlo con suficiente mercancía en la mochila para mandarlo a la sombra medio año por lo menos.

A Martínez le irritaban especialmente sus aires de suficiencia y el hecho, objetivamente cierto, de que nunca hubiese pasado en la cárcel más de un par de meses. Martínez era de la opinión de que esta clase de individuos, casi héroes del escaqueo, eran los que inducían a algunos jóvenes a meterse en la delincuencia, y que eran estos, y no los grandes criminales, los que con su gotear constante de hurtos, coacciones y pequeños delitos, podían convertir una ciudad tranquila en maldito estercolero.

Otro cualquiera hubiese apelado al espíritu de las leyes y con el tiempo y la frustración se hubiese convencido a sí mismo de que el policía recibe un sueldo de la sociedad para defenderla de sus enemigos. Otro cualquiera, y más en aquella época, a principios de los noventa, lo hubiese cogido un día cualquiera, sin un gramo de hachís en la mochila ni un mal monedero robado, y le hubiese dado un repaso de vergajo tratando de convencerlo de que un cambio de aires era la mejor opción posible.

Pero Martínez no. Martínez creía en el espíritu de las leyes, pero en otro espectro distinto, y pensaba que a Salva no cabía aplicarle la violencia puesto que no era un delincuente violento. Salva era un fantoche, un descuidero y un ventajista, pero no un matón, y el comisario Martínez, además de en el espíritu de las leyes creía también en la justicia poética.

Por eso nos ordeno detenerlo un día que no iba más cargado que de costumbre. Un día que sabía que iba a pillarlo limpio o casi limpio.

Fue una tarde verano. Una tarde enredada entre los cables de la luz, atascada en las farolas de diseño, atrapada en el sopor de las cabinas telefónicas. Una tarde muy poética también, como la justicia del comisario.

Nos hizo correr un poco, pero en cuanto consiguió tirar la mercancía por encima de una tapia se dejó coger sin oponer resistencia. 

Lo llevamos a comisaría y Martínez le mandó desnudarse. Era sólo por molestar porque sabía que Salva no estaba nada orgulloso de su físico. Estábamos seguros de que no ibamos a encontrarle nada encima, porque sabíamos dónde había tirado lo poco que llevaba y nunca podríamos demostrar que era suyo, pero se trataba ya, como otras veces, de hacerle perder toda la tarde además de un poco de dinero.

Luego supimos que lo de mandarle que se desnudase fue por molestar, pero también por algo más.

Hacía varios años que el comisario le seguía la pista, y conocía sus costumbres. Los jueves a última hora iba al estanco, compraba un paquete de Marlboro y echaba la primitiva.

Los viernes iba a la barbería, al café La Barbería, y se encaramaba a la barra para pedir un café y el periódico. Si el periódico estaba ocupado preguntaba a voces los números de la primitiva.

Al comisario se le ocurrió entonces que si lo deteníamos un jueves por la noche, después del sorteo, y le cambiábamos su boleto de la primitiva por uno falso con todos los números acertados, seguro que cometía una estupidez.

El plan era suyo, pero lo ejecuté yo. Me llevó un par de horas con el escáner y la impresora, pero el boleto parecía bueno. Muy bueno. Y además el suyo tenía el reintegro. Menos da una piedra.

Cuando le mandamos que se volviera a vestir y le devolvimos sus cosas, el boleto falso sustituía ya en su cartera al auténtico.

Según el escrutinio, había dos boletos acertantes y salían a doscientos y pico millones de las antiguas pesetas cada uno.

El domingo, Gundisalvo invitó al bar entero. El lunes depositó el boleto en el banco y compró un Ferrari, apalabró un chalé y mando a la mierda delante de todo el mundo a su proveedor de hachís. El martes se mandó hacer una docena de trajes y compró una lancha motora para ir a pescar junto a las rocas. Había pasado de camello a caballo pura sangre.

El miércoles intentó cobrar el boleto y le dijeron que era falso. Casi mata a un empleado, y nos amenazó a mi y a un compañero con una navaja cuando intentamos detenerlo. Había pasado de pura sangre a pollino integral.

El jueves lo pusimos a disposición judicial por falsificación, estafa, agresión y atentado a la autoridad. 

La condena fue poca cosa, pero nunca se recuperó del golpe. Ahora vende hortalizas en un chamizo con tejado de uralita.

Si, ya ve: cuando el espíritu de las leyes se convierte en fantasma y se le aparece a alguien, también puede dar unos sustos del carajo.

Martínez lo jodió bien.

¿A que eso no te lo esperabas, Gundisalvo?

Pues te jodes.