Sobre los límites de la educación y los derechos de la infancia

En los últimos meses se vienen aprobando en diferentes países del mundo nuevas leyes de protección a la infancia que se extienden más allá la Declaración Universal de los Derechos del Niño de 1959 firmada de forma unánime por los, entonces, 78 miembros de la ONU. En este acuerdo ya se reconocían derechos como:

  • Derecho a la igualdad sin distinción de raza, credo o nacionalidad.
  • Derecho a una protección especial, oportunidades y servicios para su desarrollo físico, mental y social en condiciones de libertad y dignidad.
  • Derecho a un nombre y una nacionalidad.
  • Derecho a la salud, alimentación, vivienda y recreo.
  • Derecho a una educación y cuidados especiales para los niños y niñas física, social o mentalmente disminuidos.
  • Derecho a crecer al amparo y bajo la responsabilidad de sus padres y en todo caso, en un ambiente de afecto y seguridad moral y material. La sociedad y las autoridades públicas tendrán la obligación de cuidar especialmente de los niños sin familia o sin medios de subsistencia.
  • Derecho a recibir educación y a disfrutar del juego.
  • Derecho a estar en todas las circunstancias entre los primeros que reciben protección y auxilio.
  • Derecho a ser protegido contra toda forma de abandono, crueldad y explotación. No se permitirá el trabajo antes de una edad determinada.
  • Derecho a formarse en un espíritu de solidaridad, comprensión, amistad y justicia entre los pueblos.

Resultaba evidente que los menores tenían esos derechos básicos como humanos y esto no fue más que un paso global para homogeneizarlos. Por descontado, hay que reconocer que muchas naciones fallan en lograr hacer cumplir estos derechos entre sus ciudadanos. Pero ese es otro tema distinto que ya ha hecho correr rios de tinta y, desgraciadamente hasta de sangre.

Si avanzamos un poco más en la historia, podemos ver como, tras las conquistas de derechos esenciales, la vanguardia social, sigue buscando pulir toda sombra de desigualdad. Algunas corrientes educativas de pedagogía positiva comenzaron a ganar terreno y a mostrar alternativas a formas de modelado de la conducta más clásicas como el castigo, la violencia física, la restricción del movimiento... Se pasó al refuerzo positivo, la escucha activa, el autocontrol por parte de los educadores de sus propias emociones... Todo esto, que empezó a tener un hueco en la sociedad, comenzó a hacer su camino hacía la esferas legislativas y deja de ser simplemente cuestión de estilos educativos de los progenitores o figuras docentes y pasa a ser impuesto por ley.

Hace unas semanas se discute en Quebéc, Canadá, fruto de la publicación de un informe social, una nueva ley de la infancia que incluía algunas propuestas a priori más intrusivas.

www.lapresse.ca/actualites/politique/2021-04-27/rapport-de-la-commissi.

Por ejemplo, que ya no prime el que el menor permanezca con su familia biológica si se han dado motivos para que la abandone en algún momento. En pocas palabras, acelerar la adopción y reducir al mínimo familias de acogida temporales o centros. Como en muchas otras ocasiones, un caso horrible despierta a la opinión pública y se pretende legislar a toda prisa para que no se vuelva a repetir tal atrocidad. Pasa como con muchas otras leyes, para protegernos de la barbaridad de unos pocos, tenemos todos que vivir limitados por ellas. A efectos prácticos , si un día cometes el error de darle un azote a tu hijo en un parque (o gritarle agresivamente)te lo pueden quitar y ahora además será posible que no vuelva contigo. Un político roba 30 millones y ha prescrito a los 4 años y aquí no ha pasado nada. Un ladrón entra en prisión bajo el principio de reinserción de la mayoria de sistemas penintenciarios y reduce condena y vuelve a la sociedad. Pero no te alteres tú que pierdes a un hijo para siempre. Es preferible que le dejes que vaya corriendo otra vez desobedeciéndote a por la puñetera pelotita a la carretera y que le pueda atropellar un caminón a que le tengas cogido de la mano y esté llorando por soltarse como un berraco. Y direis...mujer, hay que confiar en que los jueces sabrán entender el espíritu de la ley y no van a deshacer familias por cada pataleta pública que se denuncie. Bueno, a veces sí, a veces se quiere ser ejemplar, a veces depende de la atención mediática que por lo que sea despierte (pobre de tí si esa semana no hay liga de fútbol)... pero yo no me la voy a jugar.

Todos hemos podido escuchar a personas hablar sobre como tratan a sus hijos como pequeños adultos porque son igual de humanos y tienen los mismos derechos y todo es maravilloso. Otras, como eliminando alimentos procesados y azúcares han conseguido tener bástagos más calmados y razonables. Los hay que predican la libertad de la infancia como época para hacerse heridas y comer tierra. Desde las escuelas se nos dice que la educación se da en casa, pero luego la maestra le tira el zumo a tu hijo a la papelera porque tiene azúcares, o les explican la sexualidad que les parece en preescolar.

Y los padres que no tienen la suerte de tener niños que duerman toda la noche, que se coman el apio a bocados o que les digas que hay que irse del parque y te dan la mano para salir, son (auto)culpados como que no han dedicado el tiempo, o sencillamente, no han sabido educar a sus hijos. Como si todos los niños fueran iguales, como si todos respondieran a los mismos estímulos, como si todos tuvieran el mismo carácter... como si todos los adultos tuviéramos las mismas circunstancias, capacidades y facilidades. ¡Una ronda de pedagogía positiva para todos! Un ejemplo: será igual la familia que tiene a los abuelos y tios cerca que los que lo que están solos sin ningún apoyo (la primera pueden repartirse más los modelos -los abuelos te consienten, los tios juegan y son tus confidentes, los padres te educan...-y tener tiempos para descongestionar y respirar -educar en tribu que dicen-), o la familia que puede tener flexibilidad laboral, que la que no. O sencillamente la gente que tiene una forma de ser vs. los que tienen otra. 

Por otra parte, nos quejamos de que esta generación no respeta a sus mayores. El respeto algunos dicen que surge del buen ejemplo y la intachabilidad moral. Para un niño de 3 años, surge del miedo. Obviamente la sinceridad, la coherencia, el tiempo compartido son muy importantes, pero eso también lo tiene con sus hermanos o con su mascota. El miedo no por daño físico o moral, sino por retirada de elementos deseados (perder tu juguete), por el conocimiento de barreras infranquables (te coge tu padre de la mano y no te va a soltar hasta que entres por la puerta)... 

Vamos a dar un salto que me parece esencial. Quieren que como padres eduquemos a los futuros ciudadanos del mundo. Yo, como adulta, soy de todo menos libre. Tengo leyes que me constriñen todos los aspectos de la vida y tengo castigos que me inspiran un respeto para restringir mis acciones negativas. Desde retirada de dinero a través de multas, a prohibición del uso de vehículos (retirada del carnet), asistencia ciertos lugares (derecho de admisión), proximidad a personas (órdenes de alejamiento) o, ya en el extremo, privación de libertad (prisión). Pretenden que eduquemos sin utilizar ningún mecanismo limitante en los niños para que luego sepan vivir en un mundo adulto donde hay figuras de autoridad por todas partes (desde el jefe al policía, pasando por el guarda de seguridad, el socorrista...). Aparcas mal aunque sea con el motivo más justificado y el policía no te va a mirar a los ojos y a decir que eso que has hecho no está bien, que eso le hace sentir decepcionado, que si entiendes por qué no está bien y que si te comprometes a no velver a hacerlo todo queda arreglado. 

Se aceptan miles de leyes porque se han demostrado (algunas más que otras, pero ese es otro tema) necesarias para la cohabitabilidad. Los hogares son también pequeñas comunidades que requieren unas normas para funcionar bien. Y son además grupos que no están aislados sino que interaccionan con otros grupos. Y eso hace que agentes externos cojan el problema y lo parcheen a su manera (porque no es que esté solucionado)como vacaciones en cruceros sin niños, restaurantes sin derechos de adminión a pequeños, hoteles exclusivamente para adultos... porque esa falta de herramientas para educar, con ciertas personalidades, termina en intromisión y molestia a otros actores sociales que no tienen ganas de aguantar eso. Y como lo pagan, pues tienen su derecho. Y a mi me duele porque todos hemos sido niños, es la única forma de llegar a ser adultos. Me apena pensar que hay ya muchos lugares donde una mascota tiene más derechos que un infante (será que son más fáciles de educar).

En un futuro no muy lejano estoy segura de que veremos a padres de adolescentes que tendrán que dejar al Estado su custodia porque serán totalmente inmanejables a los 14 años. Un niño de 3 años al que no le puedes retener de la mano contra su voluntad porque es ilegal, no vas a decirle en la adolescencia donde puede ir o no o a qué hora tiene que regresar. Y quien crea que exagero es que no recuerda ya como eran esos años en los que nos creemos ser más listos que los demás y nos sentimos invencibles..

En resumen: ¿cómo vamos a considerar que estamos educando en igualdad de derechos a un menor que a un adulto al penar cualquier imposición de autoridad al pequeño y estando el adulto totalmente sometido a autoridad en casi todos los ámbitos de su vida? ¿Cómo educamos a ciudadanos para un mundo que premia ciertas conductas y castiga otras utilizando simplemente el refuerzo positivo? ¿Por qué se acepta que haya una única vía educativa que debe aplicarse siempre si estamos inmersos en la era en la que las minorias tienen más reconocimiento en la historia, en las circunstancias sociales en las que se acepta que cada individuo es único y tiene características particulares? ¿Hacemos adaptación curricular en la escuela pero no podemos adaptar nuestras formas de educar en el hogar?

Y ojo que no estoy defendiendo aquí, en absoluto, ni las palizas, ni los insultos, ni las vejaciones, ni demás barbaridades; que ya sabemos todos como cuando leemos una opinión discordante, una de las mejores formas para retirarle validez es extremarla y demonizarla. Pero escribo esto desde la impotencia porque he visto varias situaciones ya que me han hecho sentir un escalofrío. He visto a una madre que llevaba un carro y un niño de 4 años de la mano intentar salir del vagón del metro en su parada y, al negarse el pequeño de 4 años, tirar ella de él forzando a hacerlo y un hombre bajarse a la vez dicíéndole que iba a buscar a un policía para denunciarla por maltratar al niño. He vivido como, tras montar mi hija con 2 años un numerito en el suelo en la consulta de pediatría tras las vacunas, una señora me ha pedido mis datos para avisar a servicios sociales porque según ella, esos comportamientos en público son llamamientos de auxilio por maltratos en el hogar. He observado una situación en la que un menor de unos 7 u 8 años amenzaba a su madre con decirle al socorrista que ella no era su madre y que le quería secuestrar si le hacía irse ya de la piscina. No estoy hablando de las edades difíciles de la adolescencia. Son niños pequeños a los que ya no se les puede manejar. La puerta del metro se cierra, no tienes tiempo de mantener una conversación madura a su altura dejando que te explique sus argumentos y explicándole tú los tuyos y llegando a un acuerdo. La vida está llena de decisiones rápidas, de puntos de inflexión, de segundos decisivos.

Pero llegan ya a un punto que una se pregunta qué herramientas nos quedan para vivir. Cuánto voy a ser capaz de aportar a una sana socialización de un pequeño con su propio carácter si en lugar de escoger lo que creo que es mejor para su desarrollo en cada momento, solo puedo utilizar la tendencia pedagógica aceptada en ese momento. Si, por mi falta de recursos, resulto incapaz de inculcar que ciertas conductas son inadmisibles, peligrosas o insanas y, en el futuro, fruto de una de esas carencias en el aprendizaje, sucede una desgracia (autoinflingida o ajena) yo no me lo perdonaría jamás. Y tampoco se lo perdonaré al Estado, ese ente maravilloso que crea leyes respondiendo a las modas sociales que derraman mayor número de votos en el momento que les interesa, sin pensar jamás en el largo plazo ni del país ni de los ciudadanos.